martes, 16 de septiembre de 2014


-       No se desvanece, porque yo la perpetúo en mis sueños. Porque yo te sueño, por las noches y durante el día. Porque tú has sido para mí lo efímero más permanente, reinventándote cada día; como las rosas que me regalas, que allí están siempre, junto a mí, a mi vista; siempre una nueva rosa, antes que se marchite la otra.
-       Siempre una nueva rosa… siempre. Aunque no te vea, siempre una nueva rosa…
La emoción impidió a Rubens terminar de explicarse, por primera vez había logrado poner en palabras algo de lo mucho que Aline significaba para él; pero también había entendido por qué no podía seguir jugando con fuego. Ya había sido testigo de las víctimas del incendio que consumía sus entrañas.
Guardó silencio sólo para intentar controlar los sentimientos que querían desbordarse. Pero todo fue inútil, no había manera de poder contener tanta tristeza y frustración. Se estremeció y miró para adentro, al lugar más aislado de su existencia, mientras las lágrimas recorrían despacio todos los espacios de su rostro. Aline lo observaba alejada en su propia tristeza, aunque con cierta paz que le daba el saber que Rubens, a pesar de todo, aún la amaba.
Lo único que ahora apenas dibujaba esas imágenes era el recuerdo reflejado en las luces que emanaban de los hielos sumergidos en el whiskey que tomaba. Rubens parecía querer alcanzar esos recuerdos, tener la oportunidad de volver y cambiarlo todo. Se empinaba la bebida como queriendo introducirse en el mismo vaso y hacerse uno con lo único que le sedaba el dolor tan intenso.
Tan pronto se perdían las imágenes doradas del vaso, Rubens tomaba la botella de whiskey para llenarlo nuevamente y colocar los hielos, uno a uno, como tratando de armar un rompecabezas que ya no entendía.
Mientras esperaba a Jussara, Rubens trataba de matar el tiempo en ese maldito antro que lo único que tenía de atractivo era la posibilidad de pasar la noche con ella para poder consolarse. No entendía ese baile que llamaban “lambada” y de cualquier manera, sus extremidades no parecían haber sido diseñadas para esos menesteres; simplemente no podía coordinar los pies con las manos. Odiaba tener que decir algo o tratar de escuchar lo que Jussara decía con ese ruido infernal que no dejaba lugar a las ideas; prefería permitir que el escándalo sonoro le matara uno a uno los pensamientos y dejarse arrullar por los efectos del alcohol mientras admiraba el voluptuoso y seductor cuerpo de su amiga con ese entallado y escotado vestido rojo.
Después de cuestionarse brevemente el origen de la frecuencia y la tardanza de las mujeres para ir al baño, se apresuró a dejar nuevamente sin contenido el vaso que le hacía compañía; pero para su sorpresa, cuando intentó volver a llenarlo, el preciado líquido dorado se había esfumado por completo.
Antes de que su estado alterado por el alcohol le permitiera hacer algo al respecto, un joven le extendió un vaso de whiskey en las rocas como el que estaba tomado y se sentó a la mesa. A Rubens le pareció algo extraño y no dejaba de mirarlo tratando de entender que estaba pasando.
-       Espero que no te moleste si me siento un rato, en lo que regresa tu esposa.
-       No es mi esposa.
-       ¿Tu hija?
Es verdad que Jussara era veinticinco años más joven que él; “pero cómo se le ocurre a este joven que yo me comporte así con mi hija” pensó Rubens mientras le sonreía.
-       Es sólo una amiga.
-       Muy bella.
Ahora le quedaba claro a Rubens, el hombre quería aprovecharse de la situación para ligarse a Jussara; pero él no lo iba a permitir; había trabajado por meses en la relación para llegar a ese momento y ningún mocoso lo iba a estropear por su calentura repentina.
-       Sí, muy bella… pero bueno, no es sólo una amiga y ya… también… nos besamos ¿sabes?
-       (sonriendo) Sí, me imagino.
Pero no es ella la que me interesa. Al que he estado observando es a ti.

domingo, 7 de septiembre de 2014

CAPITULO I – EL ROMPIMIENTO

La lluvia golpeaba con fuerza el cristal del auto mientras Rubens miraba el paisaje impresionista que el agua dibujaba en su mente. Los destellos de luz que crecían y menguaban con el movimiento de las gotas cayendo y resbalando por el vidrio le hacían detener sus pensamientos, fijarlos en una sola idea.
Su vida en el último año la podía resumir como una gran tormenta en la playa de Santinho, donde alguna vez vivió su más memorable experiencia adolescente con una lugareña de la isla Florianópolis, al sur de Brasil; sus emociones increpadas por el viento de sus deseos, reventando continuamente contra sus miedos, dejando una infinidad de ideas fragmentadas que formaban la ribera de su vida; partículas de un pasado que alguna vez lo forjó pero que ahora sólo eran recuerdos de una ilusión, de una fantasía de haber sido lo que no pudo ser.
Por un momento encontró la quietud que puede brindar el paisaje de un ocaso dibujado por la luz de los focos de los otros autos, de las luminarias de los comercios y de las de la misma calle Quintino Bocaiúva en Sao Paulo. El golpe de la lluvia sobre el metal de su auto producía un sonido que le adormecía los sentidos. Sus pensamientos se habían enfocado en esa sola idea, tenía la mirada perdida, muy adentro de su alma; buscando respuestas y las palabras que usaría para terminar con Aline.
Una oscura silueta inundó la ventanilla derecha, Rubens accionó el seguro automático para que su visitante abordara con prontitud el pequeño refugio; ese apacible espacio que tantas veces les había servido de escaparate a las miradas furtivas e inquisidoras de quienes osaban interrumpir intermitentemente su idilio.
Rápida pero delicadamente, Aline se integró al ambiente melancólico del Citroën rojo en el que Rubens acostumbraba visitarla. Después de quitarse la gabardina que le protegiera de la lluvia, Aline sostuvo su mirada en lo más profundo de los ojos de él, con la intensidad que sólo una mujer enamorada puede tener. Dudó por un instante, tan efímero, que no pudo impedir la sonrisa que había conquistado el corazón de Rubens desde hacía ya casi un año. Se abrazaron y estremecieron por una eternidad de dos minutos.
Sólo hasta entonces Aline terminó de percatarse que algo ya no estaba igual que antes; su rostro comenzó a reflejar un dejo de preocupación. En todo el tiempo que tenían de ser amantes, Rubens jamás había dejado de llevar una rosa roja a su amada en cada una de las citas que los entrelazaban. Esta era la primera vez que algo así sucedía; antes que pudiera comenzar a hilar tramas para explicarse el hecho. Rubens la interrumpió.
-       ¿Cuanto tiempo tienes?
-       Una hora… mi jefe tuvo que salir a una cita y todavía estará fuera un rato. ¿Qué pasa? ¿Qué tienes?
-       Mi hijo se enteró de lo nuestro…
-       ¿Cómo?
-       No lo se; pero mi esposa dice que nos vio besándonos.
-       ¿Tu esposa?... ¿Ya lo sabe?
La mirada de Aline se transformó en una mezcla de inquietud y ansiedad causada por la adrenalina. Por un instante se sintió como si se tirara a un precipicio para surfear los aires con un parapente. La posibilidad de tener a Rubens para ella, sin remordimientos, dejar de postergar el enfrentamiento con su marido; tomar decisiones respecto a sus hijos; los sentimientos se agolpaban en su pecho, mientras intentaba controlarlos con la respiración.
-       Hace como tres meses que él se enteró...
Estos últimos años hemos tenido muchos conflictos, supongo que por su edad. Pero desde que lo supo, las agresiones se han vuelto continuas y más abiertas…
Hace poco, todavía no entiendo cómo lo hizo, me vio en un bar con una amiga y piensa que también estoy con ella. Así que le contó todo a Elisa.
Las reacciones de su cuerpo comenzaron a sobrepasarla, Aline estaba confundida, ya eran demasiados asuntos vitales para manejar de un solo golpe, aún con su capacidad de mujer intuitiva y calculadora. La esposa, el hijo, la mujer en el bar, ella y Rubens. Las preguntas se agolparon en su cabeza, todas rebotaban contra su corazón y ella cada vez se inquietaba más.
-       ¿Qué piensas hacer?
-       Se acabó Aline, lo nuestro se acabó.

Esas fueron las palabras que nunca hubiera imaginado y que siempre había temido. De la ansiedad pasó a el miedo que la dejó paralizada en un instante, todo lo que sucedía afuera de su mundo enmudeció, las ideas se agolpaban con tal velocidad en su mente y sus ojos vibraban con tanta fuerza, que  las imágenes que llenaban su campo visual se volvieron lentas y difusas, las palabras de Rubens se volvían huecas. Una punzada por el vacío que sentía en el estómago le causó tal dolor, que comenzó a doblarse, y el rubor que le recorría desde el corazón hasta el rostro, comenzó a humedecer sus ojos.
 -     Te quiero mucho… te amo… pero tengo que poner un alto a todo esto. Tengo que reestructurar mi vida, estoy perdiendo por completo a mi hijo y todo por lo que había luchado.
      Lo que le he hecho a mi esposa no está bien. La traicioné…
-       ¿Es por la mujer del bar?
-       No… ¿qué tiene que ver ella? Sólo una amiga que vi por cuestiones de trabajo.
-       ¿Y qué conmigo? ¿Qué con lo que me estás haciendo a mí? ¿Eso no cuenta?
-       Lo nuestro es diferente.
-       ¿Por qué es diferente? ¿Porque somos amantes?
-    Porque lo nuestro es clandestino Aline, siempre fue mientras se pudo, mientras hubiera una posibilidad. Tú y yo lo supimos siempre.
-  Sí, siempre ¿Y no es así, siempre? ¿En todo? ¿Mientras la vida te lo permita? Nosotros somos los que damos apertura a las posibilidades. Así ha sido siempre lo nuestro, contra toda oportunidad, siempre buscando una posibilidad.
-       Tú y yo sabíamos que esto iba a acabar en cualquier instante.
-       Yo nunca lo supe. Siempre pensé que seríamos eternos amantes. Un amor secreto y profundo que le daba sentido a nuestras vidas.
-       Tú quisiste que esta fantasía le diera un significado a la rutinaria vida que llevabas; que te permitiera afrontar el tedio de tu relación de pareja y hasta le diera un aspecto de aventura a tu trabajo; porque era el lugar de nuestro encuentro, cómplice de tantos momentos.
   Pero yo no puedo seguir en la clandestinidad, dándole armas a mi esposa para destruir en mi vida la posibilidad de una familia, esquivando sus miradas y sus preguntas, mirándola como se mira al vacío, sin ninguna respuesta, porque ya no hay preguntas. 
   No puedo seguir huyendo de la sombra de tu marido, que me persigue hasta en sueños; porque no puedo enfrentarlo, porque me falta la razón que a él le sobra.
   No puedo seguir viviendo en la oscuridad, porque extraño la luz. Esa luz que me intimida, porque me deja ver y veo que estoy mal, aunque nunca me había sentido mejor. Porque tú me haces sentir que la vida vale la pena, que yo… soy importante para alguien; porque sé que ese alguien está esperando que den las tres para asomarse y mírame llegar, o que en cada llamada de teléfono tiene la esperanza de oír mi voz. Tú me haces sentir vivo, le das sentido a mis palabras, a mis acciones, a mis pensamientos.
    Pero todo eso sólo ocurre en nuestra fantasía, en la mentira que nos hemos creado para vivir, porque nadie sabe que existimos, sólo los más íntimos y ni ellos lo pueden hablar. Sólo la luz de nuestros deseos más ocultos puede pintarnos y cada noche se desvanece.